ANDRES ELOY BLANCO MEAÑO
1896-1955

POEMAS SELECTOS

LA MUSA POPULAR DESPIDE A FRANCISCO PIMENTEL
PALABREO DE LA LOCA LUZ CARABALLO
EL LIMONERO DEL SEÑOR
LA RENUNCIA
COPLAS DEL AMOR VIAJERO
APARICIÓN DE GIRALUNA / La Tarde
PINTAME ANGELITOS NEGROS


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LA MUSA POPULAR DESPIDE A FRANCISCO PIMENTEL

Te llevas la gracia mía
cajón de mi mala suerte
y al recibirlo, la muerte
se alegra con tu alegria.

Piragua de los espantos,
canoa de la desgracia,
del mundo a los camposantos
y la gracia de los Santos
y la del Ave María;
e inconforme todavía
de la gracia que te alegra,
caja negra, caja negra,
te llevas la gracia mía.

Nunca llevó mejor carga,
ni patrón de más donaire,
ni mejor vela en el aire
tu navegación amarga;
varaderos de descarga
se aboyarán para verte
y en la playa de acogerte
vaciará tu cargamento
la sal de mi sentimiento,
cajón de mi mala suerte.

Yo le sembré los luceros
que en el corazón tenía
y era bueno como el día
de soltar los prisioneros;
se alegran los carceleros
con su gracia clara y fuerte,
el llanto que el preso vierte
se devuelve al escucharlo,
se alegró la Vida al darlo
y al recibirlo la Muerte.

Francisco: los cuatro mudos
cuelgan del jobo sin aves,
saltó al bordón de tus graves
la prima de tus agudos,
y en los últimos saludos
la voz de la tierra mía
pinta de noche sin día
su tapia sin trinitaria,
mientras la muerte sortaria
se alegra con tu alegría.


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PALABREO DE LA LOCA LUZ CARABALLO
por Andrés Eloy Blanco

                Los deditos de tus manos,
                 las deditos de tus pies:
           uno, dos, tres, cuatro, cinco,
          seis, siete, ocho, nueve, diez.

                       Anónimo venezolano

De Chachopo a Apartadero
caminas, Luz Caraballo,
con violeticas de mayo,
con cameritos de enero;
inviernos del ventisquero,
farallón de los veranos,
con fríos cordilleranos,
con riscos y ajetreos,
se te van poniendo feos
los deditos de tus manos.

La cumbre te circunscribe
al sólo aliento del nombre,
lo que te queda del hombre
que quién sabe dónde vive;
cinco años que no te escribe,
diez años que no lo ves,
y entre golpes y traspiés,
persiguiendo tus ovejas,
se te van poniendo viejos
los deditos de tus pies.

El hambre lleva en sus cachos
algodón de tus corderos,
tu ilusión cuenta sombreros
mientras tú cuentas muchachos;
una hembra y cuatro machos,
subida, bajada y brinco,
y cuando pide tu ahínco
frailejón para olvidarte,
la angustia se te reparte;
uno, dos, tres, cuatro, cinco.

Tu hija está en un serrallo,
dos hijos se te murieron,
los otros dos se te fueron
detrás de un hombre a caballo.
«La Loca Luz Caraballo»
dice el decreto del Juez,
porque te encontró una vez,
sin hijos y sin carneros,
contandito los luceros:
... seis, siete, ocho, nueve, diez...


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EL LIMONERO DEL SEÑOR
Leyenda Caraqueña

En la esquina de Miracielos
agoniza la tradición.

¿Qué mano avara cortaría
el limonero del Señor?
Miracielos: casuchas nuevas,
con descrédito del color:
antaño hubiera allí una tapia
y una arboleda y un portón.

Calle de piedras; el reflejo
encalambrado de un farol;
hacia la sombra, el aguafuerte
abocetada en un balcón,
a cuya vera se bajara,
para hacer guiños al amor,
el embozo de Guzmán Blanco
en algún lance de ocasión.

En el corral está sembrado,
junto al muro, junto al portón,
y por encima de la tapia
hacia la calle descolgó
un gajo verde y amarillo
el limonero del Señor...

Cuentan que en Pascua lo sembrara,
el año quince, un español,
y cada dueño de la siembra
de sus racimos exprimió
la limonada con azúcar
para el día de San Simón.

Por la esquina de Miracielos,
en su Miércoles de Dolor,
el Nazareno de San Pablo
pasaba siempre en procesión.

Y llegó el año de la peste;
moría el pueblo bajo el sol;
con su cortejo de enlutados
pasaba al trote algún Doctor
y en un hartazgo dilataba
su puerta «Los Hijos de Dios».

La terapéutica era inútil;
andaba el Viático al vapor
y por exceso de trabajo
se abreviaba la absolución,
y pasó el Domingo de Ramos
y fue el Miércoles del Dolor
cuando, apestada y sollozante,
la muchedumbre en oración,
desde el claustro de San Felipe
hasta San Pablo, se agolpó.

Un aguacero de plegarias
asordó la Puerta Mayor
y el Nazareno de San Pablo
salió otra vez en procesión.

En el azul del empedrado
regaba flores el fervor;
banderolas en las paredes,
candilejas en el balcón,
el canelón y el miriñaque
el garrasí y el quitasol;
un predominio de morado,
de incienso y de genuflexión.
-¡Oh, Señor Dios de los Ejércitos
la peste, aléjanos, señor!

En la esquina de Miracielos
hubo una breve oscilación;
los portadores de las andas
se detuvieron; Monseñor
el Arzobispo, alzó los ojos
hacia la Cruz; la cruz de Dios,
al pasar bajo el limonero,
entre sus gajos se enredó.
Sobre la frente del Mesías
hubo un rebote de verdor
y entre sus rizos tembló el oro
amarillo de la sazón.

De lo profundo del cortejo
partió la flecha de una voz:
-¡Milagro! Es bálsamo, cristianos,
el limonero del Señor!

Y veinte manos arrancaban
la cosecha de curación
que en la esquina de Miracielos
de los cielos enviaba Dios.
Y se curaron los pestosos
bebiendo el ácido licor
con agua clara de Catuche,
entre oración y oración.

Miracielos: casuchas nuevas;
la tapia desapareció.
¿Qué mano avara cortaría
el limonero del Señor?
¿Golpe de sordo mercachifle
o competencia del Doctor
o despecho de boticario
u ornato de la población?

El Nazareno de San Pablo
tuvo una casa y la perdió
y tuvo un patio y una tapia
y un limonero y un portón,
¡malhaya el golpe que cortara
el limonero del Señor!
¡Malhaya el sino de esa mano
que desgajó la tradición!

Quizá en su tumba un limonero
floreció un día de Pasión
y una nevada de azahares
sobre su cruz desmigajó,
como lo hiciera aquella tarde
sobre la Cruz en procesión,
en la esquina de Miracielos,
el limonero del Señor.


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LA RENUNCIA

He renunciado a ti. No era posible.
Fueron vapores de la fantasía;
son ficciones que a veces dan a lo inaccesible
una proximidad de lejanía.

Yo me quedé mirando cómo el río se iba
poniendo encinta de la estrella...
hundí mis manos locas hacia ella
y supe que la estrella estaba arriba...

He renunciado a ti, serenamente,
como renuncia a Dios el delincuente;
he renunciado a ti como el mendigo
que no se deja ver del viejo amigo;

como el que ve partir grandes navíos
con rumbo hacia imposibles y ansiados continentes;
como el perro que apaga sus amorosos bríos
cuando hay un perro grande que le enseña los dientes;

como el marino que renuncia al puerto
y el buque errante que renuncia al faro
y como el ciego junto al libro abierto
y el niño pobre ante el juguete caro.

He renunciado a ti, como renuncia
el loco a la palabra que su boca pronuncia;
como esos granujillas otoñales,
con los ojos estáticos y las manos vacías,
que empañan su renuncia, soplando los cristales
en los escaparates de las confiterías...

He renunciado a ti, y a cada instante
renunciamos un poco de lo que antes quisimos
y al final, ¡cuántas veces el anhelo menguante
pide un pedazo de lo que antes fuimos!

Yo voy hacia mi propio nivel. Ya estoy tranquilo.
Cuando renuncie a todo, seré mi propio dueño;
desbaratando encajes regresaré hasta el hilo.
La renuncia es el viaje de regreso del sueño...


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COPLAS DEL AMOR VIAJERO

Ya pasaste por mi casa,
a flor de ti la sonrisa...
Fuiste un ensueño de gasa;
fuiste una gasa en la brisa...

Te vi flotar en la bruma
que tu blancura aureola,
como un boceto de espuma
sobre un pedestal de ola.

Yo, que he buscado el lucero
que a Belén lleve el camino,
preso por lazos de acero
al potro de mi destino,

pensé: -En sus brazos, con Ella,
¡romperé, acero, tus lazos!
¿Para qué quiere una estrella
quien tiene al cielo en los brazos?

Y tan cerca llegué a verte
que te rozaba mi dedo...
Tuve miedo de quererte...
y ya es querer, tener miedo.

Ansiosos se han emboscado
en mis ojos, mis antojos,
y tú también me has besado
veinte veces con los ojos.

Y tu mano pasionaria,
aquella noche huyó en vano,
porque mi mano corsaria
fue gavilán de tu mano.

Y he sentido que temblaban
tus labios en el café,
cuando mis pies se angustiaban
acorralando tu pie...

Pero te vas, sin dejar
ni una huella en el camino...
Sombra azul que cruza el mar
la borra el azul marino...

No sé si me olvidarás
ni si es amor este miedo;
yo sólo sé que te vas,
yo sólo sé que me quedo.

Tal vez mañana, un mañana
remoto, traiga a tu lado,
con el sol, por tu ventana,
un rayo azul del pasado.

Releyendo viejas cosas
y evocando cosas idas,
entre amarillentas rosas
y epístolas desvaídas,

encontrarás al acaso
estas coplas del camino,
como en el fondo de un vaso
roto una mancha de vino.

Al oído de la nieta
tu voz de abuela hablará:
-Son los versos de un poeta
que no sé si existe ya...

Ella dirá: -¿Cómo era?-
¿Cruzará ignotos países
y cuál tú, sombra viajera,
tendrá los cabellos grises?

Yo, entre tanto, junto al mar,
esperaré tu venida
y en un eterno esperar
se me pasará la vida.

Vida traidora, por quien
todo este Sueño se muere,
si no te hice ningún bien,
¿por qué tu mano me hiere?

Mi voz querrá ensordecer
al propio mar con su llanto:
¿Por qué no la vuelvo a ver,
mi Dios, si la quiero tanto?

Y mi canción irá sola
hacia donde tú te pierdes...
donde ella pase, la ola
tendrá un dolor de aguas verdes...

No sé si me olvidarás
ni si es amor este miedo;
yo sólo sé que te vas,
yo sólo sé que me quedo.

Y que si te quise ayer,
hoy te siento más tirana
y si así crece el querer
¡cómo te querré mañana!


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APARICIÓN DE GIRALUNA / La Tarde

Una boda al aire libre
de Valencia, por la tarde,
los novios por los jardines,
como jugando a casarse.
En Valencia hay azahar
para que el mundo se case;
si con las once mil vírgenes
llegan once mil galanes,
bastará que un abanico
les guiñe a los naranjales
y para once mil doncellas
sobrarán los azahares.

Metidos en los jardines
novios, padrinos y padres,
invitados y curiosos;
los naranjos al rozarles
dejaban caer botones
de azahares
y parecía que todos,
novios, invitados, padres,
padrinos, niños jugaban
a casarse.

Mientras todos se casaban
yo empezaba ya a casarme
con la flor de los naranjos
y las novias de la tarde.

        Aparición

Y fue entonces: Una niña
y en dos trenzas los cabellos,
una luz en la mirada
que alumbraba hasta allá lejos;
ancho mirar, como plaza
para un noviazgo labriego;
las pestañas como juncos
junto a los ojos inmensos;
-¿cómo hará para cerrarlos?
¡y qué grande será el sueño!

La tarde, que lo sabía,
dejó la noche en el cielo,
una noche para dos
que quieran quedarse ciegos
y un cielo para querer,
para querer ir al cielo.

Sus ojos, sus grandes ojos
del color de las castañas,
sus trenzas, sus largas trenzas
del largo de su mirada
ojos de estarse mirándolos
hasta más allá del alma.

A la orilla de los ojos
llegué; la empecé a mirar:
-¡Quién tornara a los tiempos buenos,
quién volviera la vida atrás,
quién me diera diez años menos,
quién te diera diez años más!

De la orilla de los ojos
me llamó.
-¿Quieres casarte conmigo?-
dije yo.
Y en el fondo de los ojos
respondió.

Y escondida en los naranjos
encontré la nueva flor.
Encontré la giraluna,
la novia del girasol.


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PINTAME ANGELITOS NEGROS

¡Ah mundo! La Negra Juana,
¡la mano que le pasó!
Se le murió su negrito,
sí señor.

-Ay, compadrito del alma,
¡tan sano que estaba el negro!
Yo no le acataba el pliegue,
Yo no le miraba el hueso;
como yo me enflaquecía,
lo medía con mi cuerpo,
se me iba poniendo flaco
como yo me iba poniendo.
Se me murió mi negrito;
Dios lo tendría dispuesto;
ya lo tendrá colocao
como angelito del Cielo.

-Desengáñese, comadre,
que no hay angelitos negros.
Pintor de santos de alcoba,
pintor sin tierra en el pecho,
que cuando pintas tus santos
no te acuerdas de tu pueblo,
que cuando pintas tus Vírgenes
pintas angelitos bellos,
pero nunca te acordaste
de pintar un ángel negro.

Pintor nacido en mi tierra,
con el pincel extranjero,
pintor que sigues el rumbo
de tantos pintores viejos,
aunque la Virgen sea blanca,
píntame angelitos negros.

No hay un pintor que pintara
angelitos de mi pueblo.
Yo quiero angelitos blancos
con angelitos morenos.
Angel de buena familia
no basta para mi cielo.

Si queda un pintor de santos,
si queda un pintor de cielos,
que haga el cielo de mi tierra,
con los tonos de mi pueblo,
con su ángel de perla fina,
con su ángel de medio pelo,
con sus ángeles catires,
con sus ángeles morenos,
con sus angelitos blancos,
con sus angelitos indios,
con sus angelitos negros,
que vayan comiendo mango
por las barriadas del cielo.

Si al cielo voy algún día,
tengo que hallarte en el cielo,
angelitico del diablo,
serafín cucurusero.

Si sabes pintar tu tierra,
así has de pintar tu cielo,
con su sol que tuesta blancos,
con su sol que suda negros,
porque para eso lo tienes
calientito y de los buenos.
Aunque la Virgen sea blanca,
píntame angelitos negros.

No hay una iglesia de rumbo,
no hay una iglesia de pueblo,
donde hayan dejado entrar
al cuadro angelitos negros
Y entonces, ¿adónde van,
angelitos de mi pueblo,
zamuritos de Guaribe,
torditos de Barlovento?

Pintor que pintas tu tierra,
si quieres pintar tu cielo,
cuando pintas angelitos
acuérdate de tu pueblo
y al lado del ángel rubio
y junto al ángel trigueño,
aunque la Virgen sea blanca,
píntame angelitos negros.


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